CARRERA
DE ZAPATILLAS
La jirafa comenzó a burlarse de sus
amigos:
- Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga
que era tan bajita y tan lenta.
- Jo, jo, jo, jo, se reía del
rinoceronte que era tan gordo.
- Je, je, je, je, se reía del elefante
por su trompa tan larga.
Y entonces, llegó la hora de la
largada.
El zorro llevaba unas zapatillas a
rayas amarillas y rojas. La cebra, unas rosadas con moños muy grandes. El mono
llevaba unas zapatillas verdes con lunares anaranjados.
La tortuga se puso unas zapatillas
blancas como las nubes. Y cuando estaban a punto de comenzar la carrera, la
jirafa se puso a llorar desesperada.
Es que era tan alta, que ¡no podía
atarse los cordones de sus zapatillas!
- Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude! -
gritó la jirafa.
Y todos los animales se quedaron
mirándola. Pero el zorro fue a hablar con ella y le dijo:
- Tú te reías de los demás animales
porque eran diferentes. Es cierto, todos somos diferentes, pero todos tenemos
algo bueno y todos podemos ser amigos y ayudarnos cuando lo necesitamos.
Entonces la jirafa pidió perdón a todos
por haberse reído de ellos. Y vinieron las hormigas, que rápidamente treparon
por sus zapatillas para atarle los cordones.
Y por fin se pusieron todos los
animales en la línea de partida. En sus marcas, preparados, listos, ¡YA!
Cuando terminó la carrera, todos
festejaron porque habían ganado una nueva amiga que además había aprendido lo
que significaba la amistad.
Colorín, colorón, si quieres tener
muchos amigos, acéptalos como son.
FIN
Cuento de Alejandra Bernardis Alcain
(Argentina)
EL SEMBRADOR DE DÁTILES
En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo
en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras
parecía cavar en la arena.
-Que tal anciano? La paz sea contigo.
– Contigo -contestó Eliahu sin dejar su tarea.
-¿Qué haces aqui, con esta temperatura, y esa pala
en las manos?
-Siembro -contestó el viejo.
-Qué siembras aqui, Eliahu?
-Dátiles -respondió Eliahu mientras señalaba a su
alrededor el palmar.
-¡Dátiles!! -repitió el recién llegado, y cerró los
ojos como quien escucha la mayor estupidez.
-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo.
ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
– No, debo terminar la siembra. Luego si quieres,
beberemos…
-Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
-No sé… sesenta, setenta, ochenta, no sé.. lo he
olvidado… pero eso, ¿qué importa?
-Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta
años en crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de
dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los
ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de
lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
-Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró,
otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros
puedan comer mañana los dátiles que hoy planto… y aunque solo fuera en honor de
aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
-Me has dado una gran lección, Eliahu, déjame que
te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste – y diciendo
esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
-Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces
pasa esto: tu me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara.
Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché
una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
Tomado de : http://informatizarte.com.ar/
EL SACO DE PLUMAS
Cuentan que una vez
hubo un hombre, que roído por la envidia ante los éxitos de su amigo, le
calumnió grandemente. Tiempo después se arrepintió de la ruina que había
ocasionado a su amigo con sus calumnias, y fue a confesarse. Ya una vez en el
confesionario y después de haber confesado su pecado, -pecado grave contra el
séptimo Mandamiento, como le dijo el confesor, pues Usted le ha robado a su
amigo, el valor más grande que una persona tiene ante la Sociedad, como son su
dignidad, su reputación, su derecho a la buena fama, y contra el octavo
Mandamiento, pues lo que Usted dijo de él son solo calumnias-, le preguntó al
sacerdote: “¿Como puedo reparar todo el mal que he hecho a mi amigo?. ¿Que
puedo hacer?”. A lo que el sacerdote le respondió: “Tome un saco llena de
plumas y suéltelas por donde quiera que vaya. Y una vez que lo haya hecho,
vuelva que Dios le acompañe.
El hombre, muy
contento ante aquel mandato tan fácil, salió rápido fuera de la Ciudad en busca
de una granja, y una vez que hubo conseguido el saco lleno de plumas, regresó a
ella, y sin esperar ni un minuto más, empezó a pasearse por las calles lanzando
al aire, en todas direcciones las plumas que llevaba en el saco. Y una vez que
lo hubo vaciado del todo, volvió a la Iglesia en busca del sacerdote con el que
se había confesado y lleno de satisfacción le dijo: “Padre: ya he hecho lo que
me mandó esta mañana”. Pero cual no fue su sorpresa, cuando el sacerdote le
dijo: “No hijo, esa es la parte más fácil. Ahora debe volver a las mismas
calles en las que las soltó, e ir recogiéndolas una por una, hasta que vuelva a
tener el saco lleno, y luego vuelva a verme”. Y que Dios le acompañe.
El hombre se sintió
muy triste, pues sabía lo que eso significaba. Y por más empeño que puso no
pudo juntar casi ninguna. Al volver a la Iglesia al día siguiente, se lo
explicó al sacerdote con una profunda pena y un verdadero arrepentimiento, pero
éste le dijo: “Así como no pudo juntar las plumas que Usted soltó porque se las
llevó el viento, así mismo la calumnia que Usted lanzo contra su amigo, voló de
boca en boca y su amigo jamás podrá recuperar del todo la fama, la reputación
que Usted le quitó″.
Lo único que Usted
puede hacer es pedirle perdón a su amigo, y hablar de nuevo con todas aquellas
personas ante las que lo calumnió, diciéndoles las verdad, para reparar así en
la medida de lo posible el daño que le ha causado a su amigo y para tratar de
restituirle en la medida que pueda su fama , su reputación”.








